Capítulo Cuarto: del atavismo de los príncipes azulados
" Dime que vas a seguir por siempre a mi lado
aunque veas a diario como se me va el azul.
Ahora que ya descubriste que el caballo blanco era alquilado,
ahora que compruebas que yo destiño también..."
Amado lector, como siempre, os doy la bienvenida a éste putrefacto retiro de la mens sana, donde lo enfermo es nuestra guía. Quiero enfocar el presente capítulo de esta peste del espíritu desde una perspectiva absolutamente neutral y espero, que si en habiendo llegado a aquestes páramos del alma, un corazón puro se sintiera herido por mi verba, perdone mi escrito por presentar lo que yo estimo una gran verdad: No creo en príncipes azules.
Sin embargo, abrumadora mayoría femenina si cree en ellos y los busca, cortando todo por los patrones aparentemente tan fáciles, en su fantasía... Cortan a los aspirantes por los patrones del hombre de sus sueños (y nunca mejor dicho) y suspiran porque su Galatea en masculino cobre vida y se aparezca ante ellas declarando su amor y fidelidad "por la eternidad y para siempre".
Pero los príncipes azules han cambiado; ya no visten de seda azul ni montan caballos blancos, sus doncellas quieren que vistan como un chulo de putas cabalgando en su moto petardera, que hable como si tuviera un problema palatal y que siempre parezca presto a propinar un par de bofetadas a su "churriprincesita". Mas, misterios del alma femenina, desean que aqueste siniestro personajillo sea tan sólo fachada, pues quieren que en la intimidad de la alcoba sean tiernos, delicados, románticos y que lloren por fruslerías, que caminen con el corazón roto oculto tras una armadura en forma de chupa.
Desean que les den protección (¿príncipes o guardaespaldas?), que se peguen contra los malvados bribones que ofenden el honor de su "churriprincesita", que se encarguen cual andantes caballeros de felones y truhanes que agravian la integridad moral de esa pequeña damisela que es su pareja. Por supuesto, quieren que sean guapos; físicos atractivos, llamativos o imponentes, quieren hacer extraños combinados de aspectos curiosos aunque luego, en compañía, puedan parecer la oliva y el palillo o la cuchara y el spaguetti.
Quieren un hombre que acorde con sus gustos, sea siempre fiel y cariñoso ante todo; capaz, lanzado y tímido a la vez, con maestría en el saber de complacer a una mujer y detallista cuando dese arrancarle una sonrisa. Quieren que sólo tenga ojos para ella al tiempo que es el hombre deseado por todas. Quieren vivir cuentos como Blancanieves o la Cenicienta.
Quieren sueños tangibles; quieren, más allá de la realidad, que tomen forma tangible sus fantasías y creen en ellas, despreciando al resto de su corte, confiando en que pronto, muy pronto, ése será su primer amor, el verdadero y el eterno. Que nadie más profane su cuerpo. Que nadie más honre su nombre. Sólo él; su Príncipe Azul. Porque vendrá con un ramo de rosas y manchado de aceite de motor. Pero vendrá...
Podría terminar de muchísimas formas; hay cientos de formas de concluír esta pequeña reflexión pustulenta, pero sería en vano. Yo sólo he expresado mi opinión de la forma más neutral que he podido. Sólo diré que conozco muchas historias de amor que empezaron con la llegada de uno de estos príncipes azules. Todas acabaron igual: en las playas solitarias de Isla Melancolía.
aunque veas a diario como se me va el azul.
Ahora que ya descubriste que el caballo blanco era alquilado,
ahora que compruebas que yo destiño también..."
Amado lector, como siempre, os doy la bienvenida a éste putrefacto retiro de la mens sana, donde lo enfermo es nuestra guía. Quiero enfocar el presente capítulo de esta peste del espíritu desde una perspectiva absolutamente neutral y espero, que si en habiendo llegado a aquestes páramos del alma, un corazón puro se sintiera herido por mi verba, perdone mi escrito por presentar lo que yo estimo una gran verdad: No creo en príncipes azules.
Sin embargo, abrumadora mayoría femenina si cree en ellos y los busca, cortando todo por los patrones aparentemente tan fáciles, en su fantasía... Cortan a los aspirantes por los patrones del hombre de sus sueños (y nunca mejor dicho) y suspiran porque su Galatea en masculino cobre vida y se aparezca ante ellas declarando su amor y fidelidad "por la eternidad y para siempre".
Pero los príncipes azules han cambiado; ya no visten de seda azul ni montan caballos blancos, sus doncellas quieren que vistan como un chulo de putas cabalgando en su moto petardera, que hable como si tuviera un problema palatal y que siempre parezca presto a propinar un par de bofetadas a su "churriprincesita". Mas, misterios del alma femenina, desean que aqueste siniestro personajillo sea tan sólo fachada, pues quieren que en la intimidad de la alcoba sean tiernos, delicados, románticos y que lloren por fruslerías, que caminen con el corazón roto oculto tras una armadura en forma de chupa.
Desean que les den protección (¿príncipes o guardaespaldas?), que se peguen contra los malvados bribones que ofenden el honor de su "churriprincesita", que se encarguen cual andantes caballeros de felones y truhanes que agravian la integridad moral de esa pequeña damisela que es su pareja. Por supuesto, quieren que sean guapos; físicos atractivos, llamativos o imponentes, quieren hacer extraños combinados de aspectos curiosos aunque luego, en compañía, puedan parecer la oliva y el palillo o la cuchara y el spaguetti.
Quieren un hombre que acorde con sus gustos, sea siempre fiel y cariñoso ante todo; capaz, lanzado y tímido a la vez, con maestría en el saber de complacer a una mujer y detallista cuando dese arrancarle una sonrisa. Quieren que sólo tenga ojos para ella al tiempo que es el hombre deseado por todas. Quieren vivir cuentos como Blancanieves o la Cenicienta.
Quieren sueños tangibles; quieren, más allá de la realidad, que tomen forma tangible sus fantasías y creen en ellas, despreciando al resto de su corte, confiando en que pronto, muy pronto, ése será su primer amor, el verdadero y el eterno. Que nadie más profane su cuerpo. Que nadie más honre su nombre. Sólo él; su Príncipe Azul. Porque vendrá con un ramo de rosas y manchado de aceite de motor. Pero vendrá...
Podría terminar de muchísimas formas; hay cientos de formas de concluír esta pequeña reflexión pustulenta, pero sería en vano. Yo sólo he expresado mi opinión de la forma más neutral que he podido. Sólo diré que conozco muchas historias de amor que empezaron con la llegada de uno de estos príncipes azules. Todas acabaron igual: en las playas solitarias de Isla Melancolía.


1 Comments:
¿Te has dado cuenta que inicias tus crónicas siempre con lo mismo? ¡Variedad, noble poeta! ¡Dejad las fórmulas para los químicos y físicos!
Post a Comment
<< Home